Miedo a las casas enormes
January 7th, 2008Mi familia siempre ha sido poca, la mayor parte reside en diferentes ciudades de España, unos cuantos en Madrid. Por eso cuando niño, vivía siempre a la espera de visitar a mis abuelos en su hermosa casa de Zaragoza, que además de inmensa, estaba llena de gente que revoloteaba los pasillos y las puertas durante todos los días. Estaban mis tíos de Almería que también los visitaban en vacaciones, mis primos y los dos san bernardos enormes que cuidaban a todos, o que todos los cuidaban porque eran los engreídos de esa casa.
Pero la felicidad de estar rodeado de tanta gente acababa los fines de semana extrañamente. Todos abandonaban la casa. Mis tíos partían a Barcelona puntualmente cada viernes en la noche llevándose a mis tres primos, mis padres me dejaban solo con los san bernardos y con la nana, porque ellos se iban con mis abuelos a un centro recreativo al que preferían no llevarme, porque era un lugar para juegos aburridos de adultos, decía mi madre.
Y entonces la enorme casa de dos pisos y con infinidad de ventanas, puertas y corredizos dejaba de ser bonita. Se convertía en una tertulia tétrica de raros sonidos y sombras. Mi habitación estaba en la segunda planta y debía recorrer todo el pasadizo para llegar a ella. La nana dormía fuera de la casa, en un cuarto construido especialmente para ella a unos metros del patio. Cuando nos quedábamos solos, ella se la pasaba durmiendo. Tango y Cash, los dos san bernardos, me acompañaban dentro de la casa. Ellos también se la pasaban durmiendo.
Entonces la resignación por la soledad de esas horas se apoderaba completamente de mí. Y el miedo también, cuando a la tarde desempolvaba todos los rincones de la casa buscando algo con qué divertirme y encontraba a cambio ruidos extraños y sombras maléficas formadas por las cornisas y ramas de los árboles apostados a las ventanas. La propiedad de mis abuelos había pertenecido anteriormente a mis bisabuelos, era antigua y había sido vendida originalmente por una familia de irlandeses resididos en España a fines del siglo XIX.
Solo atinaba a sentarme sobre el inmenso sofá gris de la sala, con Tango y Cash dormidos a mis pies, solía contemplar la majestuosa soledad con que la casa se cubría por completo al caer la noche. Lo detestaba y dentro de mí me prometía repetitivamente que de grande iba vivir en un lugar pequeño, que de grande iba a conservar a los dos perros o en todo caso iba a tener dos iguales con los mismos nombres. Me prometía también, mientras el viento de la noche azotaba las ventanas y me ponía la piel de gallina, que nunca iba a contar con una nana tan vieja que se la pasase todo el tiempo durmiendo.
Será por eso que no me gustan las casas grandes ahora, será por eso que detesto la idea de vivir en una casa fuera de la ciudad y prefiero un buen apartamento o una casa pequeña que no esconda tantas sombras en la penumbra. Lamentablemente los recuerdos y las experiencias que de niños tenemos, influyen mucho en nuestras de decisiones de adultos. Ahora vivo en un apartamento cómodamente, pero no tengo perros. A Tango y Cash me los prohibieron en el último párrafo del contrato.